En algún laboratorio del primer mundo, Leo Hendrik Baekeland fue creador y testigo presencial del nacimiento de una abominación inorgánica, una invención sobrenatural y de origen sórdido. Todo este accidental parto transcurrió en un ambiente hostil rodeado de matraces y líquidos corrosivos, el entorno esencial, que daría vida al mísero hombre maleable, un individuo de peculiares costumbres, taciturno y sin amor alguno hacia su creador; este ser se compone de las más finas aristas corporales, de tez amarillenta y articulaciones conjugadas por distintas piezas perfectamente moldeadas.
Desde aquel inadvertido nacimiento, ha transcurrido más de un siglo del mal llamado “progreso”, hoy la humanidad se auto-cuestiona, ¿cómo amar al primitivo hermano del polímero?, aquel elastómero que se diluye, se inyecta y se sopla a través de maquinas creadoras de figuras y moldes perfectos; aquella creación, que se materializó en imagen y semejanza del hombre agraciado, y que jamás conocerá ni del amor artesanal, ni de la compasión humana, ni tampoco vislumbrará la mínima misericordia de los dioses ancestrales.
¿Cómo sentir compasión ante lo inorgánico?
El hombre maleable al despertarse se sintió invulnerable, éste pequeño hombrecillo; cuya identidad no existe en ningún país ni reino, tiene la particularidad de no ceder ante las voluntades humanas, su arrogancia y su ambición es la del hombre-dios, aquel que crea aversiones prolijas y que embriaga el existir de los más insignificantes seres vivientes.
Desde entonces su hambre ha sido insaciable, su participación en la sociedad se ha hecho necesaria y rutinaria para el subsistir en la cotidianidad, este hombre maleable se ha reproducido en volúmenes inimaginables al cálculo humano, produciendo la transmutación de hábitos de consumo y de estilos de vida en la sociedad del siglo XX.
Por su parte, el consumismo ha exaltado la grandeza y las virtudes del recién despierto individuo, cada vez hay menos oxigeno y más polímeros desechados al océano, más hidrocarburo que quemar y bosques que talar. Con esta tendencia, la grandeza parece ser sinónimo de soberbia, adjetivo suficiente como para negarse a ver un nuevo amanecer y esperar con los brazos abiertos al último de los ocasos de la humanidad.
Algún día dejaremos de ser humanos y nos tornaremos inanimados, plástico de alta densidad, de semblanza pálida e inertes ante la vida...
Solo aquellos que consideren la creación como parte del ser, harán arte, concepción que en su defecto es parte intrínseca del artista, creadores que ante su obra se deleitarán y se harán devotos de su propia introspección.
“Donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; más donde hay humildad, habrá sabiduría”. Salomón
JM
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